jueves, mayo 28, 2009

Desde Las Termópilas


EMERGENCIAS: OTRO PARCHE AL BALÓN
Por Alonso Molina Corrales
Por la época en que presidía el Comité Municipal de Prevención y Atención de Desastres en mi calidad de Secretario de Desarrollo Comunitario, el ingeniero José Jorge López, quien representaba a los gremios en esa instancia, decía que los pereiranos en materia de gestión del riesgo, estábamos dedicados a “parchar el balón”, pues solo atinábamos a atender la emergencia del momento, sin pensar más allá.
Esa “cantaleta” y la claridad que tenía el doctor Ernesto Zuluaga Ramírez, el alcalde de entonces, sobre la necesidad de pasar de la acción reactiva a la planeación estratégica para la prevención de los desastres naturales, fue la que nos llevó a un profundo proceso reflexivo, que dio como fruto el primer plan indicativo para la gestión del riesgo en la historia de la ciudad. Ese documento fue determinante para creación de la primera oficina municipal de prevención y atención de desastres y potencializó la forma como hoy se afrontan las emergencias por parte de las autoridades administrativas y los organismos de socorro.
La primera prueba a esa nueva forma de abordar la atención de las emergencias, fue el sismo del 8 de febrero de 1995, con el cual Pereira mostró preparación y suficiencia en los momentos más difíciles. Ya con una estructura administrativa especializada, la ciudad ha encarado emergencias como la del terremoto del 25 de enero de 1999 y las que constantemente se presentan como consecuencia del irregular asentamiento de comunidades en zonas de riesgos y la inadecuada intervención del hombre, en su afán de acondicionar el entorno natural a sus necesidades.
¿Se debería decir, entonces, que Pereira está preparada para afrontar la gestión del riesgo como un tema prioritario en su agenda administrativa y un elemento articulador de la organización del territorio, pues la histórica convivencia con el riesgo así lo ha determinado?
De verdad, uno encuentra un equipo humano calificado para reaccionar frente a las emergencias. ¿Pero esos mismos profesionales tienen el tiempo, el espacio y los recursos materiales para formular y aplicar una política pública sobre gestión del riesgo? ¿Tenemos unos bomberos preparados para encarar los retos operativos de una emergencia de gran magnitud? Me temo que ni lo uno, ni lo otro.
Frente al tema de bomberos surge un gran interrogante: ¿Qué va pasar el día en que, Dios no lo quiera, se produzca un sismo que traiga como consecuencia simultánea incendios, fugas en las instalaciones de gas, colapso de edificios y personas atrapadas en lugares confinados? Aquí va la respuesta: Me dicen los que más saben que, en una circunstancia así, no tendríamos más que rezar.
El anterior es un tema relacionado con la reacción inmediata –donde aparentemente somos buenos- pero que tiene que ver con decisiones estratégicas que se deberían tomar dentro del marco de una inexistente política pública de gestión del riesgo, que justifique las millonarias inversiones que demanda tener unos bomberos preparados y dotados de todos los recursos.
Conclusión, no podemos ser buenos en la atención de la emergencia, si no está respaldada por un diagnóstico, una red institucional articulada, unos principios, unos fines, unos objetivos, unas líneas de acción y unos indicadores, que nos lleven a sustentar decisiones urgentes, tales como la del inmediato fortalecimiento de nuestro cuerpo de bomberos, que no da espera.
De lo contrario, la aseveración del ingeniero José Jorge López seguirá vigente: sigamos poniéndole parches al balón.

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