jueves, agosto 28, 2008

Desde Las Termópilas


VIOLENCIA Y MARGINALIDAD, MATRIMONIO INDISOLUBLE

Por Alonso Molina Corrales

Un impresionante testimonio resultó ser la entrevista que le hizo el director de noticias de Caracol Radio Darío Arismendi, a un integrante de una de las tantas pandillas que se disputan la supremacía en el Área Metropolitana Centro Occidente, el miércoles anterior en la emisión de la mañana.
“James”, nombre ficticio con el cual se identificó ante el entrevistador, dijo tener dieciocho años de edad y diez dedicado a las más variadas actividades ilícitas, en compañía de los “parceros” que aún sobreviven a esa existencia violenta.
Reconoció tener cuatro muertos sobre su espalda, así como a buena parte de los amigos con los que comenzó su vida criminal, enterrados por cuenta de esa orgia de sangre en la cual, más temprano que tarde y con la naturalidad de un hecho cotidiano, el victimario pasa a ser la víctima.
Admitió que su vida, en las condiciones en que la ha venido afrontando por una década, no tiene porvenir y señaló a la pobreza y a la carencia de oportunidades, como las responsables de que cientos de jóvenes pobres tomen por el camino del sicariato, la extorsión y el tráfico y consumo de drogas.
Las impresiones de este joven personifican una realidad que hoy por hoy ubican a Pereira y su región metropolitana, como una de las zonas más violentas del país. Según la misma Caracol Radio, durante 2008 han sido asesinadas en Risaralda quinientas personas, de las cuales trescientas han caído en su capital.
La Policía Nacional y el Observatorio del Programa Presidencial para los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario, reportan que al comparar la cifra de homicidios de junio de 2007, con el mismo mes del presente año, se demuestra un incremento del 4%, pues en el primero se reportaron 374 asesinatos y en el segundo 389.
Las autoridades locales han respondido a la escalada de violencia, con medidas que aún no prueban su efectividad. La restricción del parrillero y el mismo incremento del pie de fuerza de la policía, parecen insuficientes, cuando se enfrenta un fenómeno que se confunde con la propia historia del país y la tragedia que ella misma refleja.
El observatorio presidencial atribuye el incremento de la criminalidad, a una guerra por el control del mercado de las drogas y actividades afines, que sostienen en el Área Metropolitana, diversas organizaciones delincuenciales dedicadas al narcotráfico y a la tercerización de servicios requeridos por las diversas formaciones del hampa.
El mercado de sustancias psicoactivas ilegales, siempre en expansión gracias al consumo creciente en los países desarrollados y en el ámbito interno, con utilidades jamás vistas en actividades licitas, se cruza con una realidad social sin esperanzas, para quienes están atrapados en una pobreza sin redención a la vista.
Muchas personas consideran que señalar a la pobreza y al marginamiento como argumentos para justificar el tráfico de drogas, la trata de personas, la extorsión y el sicariato, riñe con las potencialidades de superación, siempre latentes en el ser humano y de entrada escogen el camino de la represión policiva y la judicialización, como el único capaz de contener a los criminales.
Para quienes, por razones de trabajo, hemos conocido la Pereira profunda que se expresa en lugares como Villasantana, San Joaquín o Galicia, sabemos que los jóvenes allí se enfrentan a una vida en que la pobreza, la ignorancia y la falta de oportunidades, se suman a la estigmatización por parte de los demás estamentos de la sociedad. ¿Quién le da trabajo a un muchacho del Intermedio o de Leningrado? ¿Qué trabajo puede conseguir una muchacha con tercero de primaria, madre soltera desde la más temprana adolescencia y con una procedencia social y territorial que la estigmatiza?
En el fondo de todo esto yacen las evidencias de varios fracasos: la inutilidad de la lucha contra las drogas, patrocinada por el gobierno gringo y que tiene como efecto la regularización de los precios del mercado internacional; la incapacidad de las fuerzas del mercado sin freno para generar y redistribuir la riqueza con equidad, y el fracaso del modelo asistencialista imperante, que pretende mitigar el deterioro social con migajas, mientras el esfuerzo estatal mayor se orienta a garantizar las condiciones para los buenos negocios de unos pocos.
En lo que tiene que ver con las variables que desde los espacios de poder de Pereira se pueden impactar, debo insistir en replantear todo lo relacionado con el manejo de la asistencia social y propongo convocar a todos los estamentos de la ciudad a la suscripción de un gran acuerdo contra la indiferencia, para que con solidaridad, responsabilidad y disciplina social intervengamos los factores de pobreza y dejemos sin oxigeno a los industriales de la delincuencia.
En esto debe haber urgencia.

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