Con ocasión del Foro Cafetero organizado por la Asamblea de Risaralda, gracias a la iniciativa del diputado Julio César Londoño, socialicé algunas reflexiones sobre la materia, que ahora expongo en forma de columna de opinión.
ECOS DEL FORO CAFETERO
Por Alonso Molina Corrales
| Una deuda nacional y un reto como Estado |
Esta no es la primera vez que el café está en crisis. Es más, algunas crisis sirvieron para abrir nuevos horizontes al café y al país. La del comienzo del siglo XX, generada por la caída de la hacienda como medio de producción y la Guerra de los Mil Días, marcó la hegemonía del centro occidente de Colombia en ese cultivo, hasta el punto de fundar una civilización propia, ganarse el nombre de Eje Cafetero y convertirse en Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Aquí se construyó una manifestación especial de la cultura humana, porque toda la vida económica, social, cultural y política empezó a girar en torno a esa actividad agrícola. El mundo del café se convirtió en un espacio educador, donde se aprendían y realizaban en la cotidianidad los valores y principios que de alguna manera le permitieron a Colombia ser una Nación: El trabajo, la solidaridad, la honradez, la ética comercial y la interacción respetuosa con el medio ambiente.
También esta región, gracias al cultivo y beneficio del grano, fue el punto de apoyo de un país volcado sobre sí mismo, hipnotizado con su propio ombligo y con una economía minúscula; el Nepal Americano que decía Alfonso López Michelsen. El café fue la prosperidad de los honrados y los minifundistas. En las épocas buenas se financiaron muchos proyectos y aventuras y en medio de la euforia, se tomaron medidas que fueron cambiando prácticas y costumbres que hacía resistente a los reveces al pequeño propietario cafetero: la huerta, el trabajo familiar, el ahorro, la coexistencia del monocultivo con otras actividades de pan coger. La riqueza incubó los huevecillos de la decadencia.
El gran pecado fue que la caficultura se estructuró con base en el modelo económico de la época de Florentino González, que nos condenó desde el siglo XIX a producir materias primas sin ningún tipo de transformación industrial y someternos a la tutela de los manufactureros y comercializadores, que se llevan el mayor porcentaje del negocio. No aportarle al producto valor agregado es una omisión histórica que merece una explicación y quizás un juicio de responsabilidades.
En la actualidad, las grandes amenazas para el sector cafetero las contiene el modelo productivo que se ha impuesto en Colombia, que privilegia al sector financiero y a los grandes importadores, con un peso superrevaluado. Los tumbos en las políticas de la Federación Nacional de Cafeteros, el agotamiento de los recursos del Fondo Nacional del Café, la inversión de la pirámide generacional que hace de los cafeteros un gremio de tercera edad y la apatía frente al reto de fortalecer el consumo interno, son pinceladas de un paisaje muy diferente al que la Unesco declaró Patrimonio Cultural de la Humanidad.
Justamente ahí es donde está la gravedad del asunto, pues creo que el café seguirá siendo el mejor de los negocios y el mayor producto de exportación, pero dudo que permanezca como el aglutinador social y el proveedor de bienes públicos que convirtió al antiguo Caldas en el paradigma del bienestar. Basta revisar los índices sociales del Eje Cafetero para entender que en términos de desarrollo humano los últimos tres lustros fueron perdidos.
Por eso, antes de implementar estrategias, es bueno saber a qué le vamos a apostar: ¿A mantener un negocio o proteger una forma de vida, que es la de la civilización cafetera?
Si es lo primero, entonces el reto será para quienes pueden competir en términos de mercado y se dimensionará la caficultura como un problema exclusivo de oferta y demanda; pero si lo que queremos es preservar una forma de vida, con su sistema de valores y sus formas de producción, debemos admitir de entrada que el Paisaje Cultural Cafetero que la Unesco nos encomendó a cuidar, es una especie en vía de extinción, que sobrevivirá solo ccon el concurso de todos los estamentos e instituciones del Estado.
Su preservación es posible si hay un gran acuerdo sobre el carácter estratégico y de seguridad nacional de la caficultura y del campo en general y en relación con la importancia geopolítica de un centro occidente colombiano próspero y en paz. Eso se traduce en un manejo cambiario preferencial y un plan de emergencia socio económica que impacte la cifras del negocio y los indicadores del desarrollo humano, para pagar la deuda del país con los cafeteros.
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